Una combinación de cosechas récord en Europa, los aranceles impuestos por el gobierno de Donald Trump y el impacto logístico de la guerra en Irán provocaron una sobreabundancia de cinco millones de toneladas métricas. Los agricultores belgas se ven obligados a desechar millones de porciones debido a la falta de compradores.
Bélgica, el mayor exportador mundial de papas fritas congeladas, enfrenta una crisis sin precedentes que mantiene el precio del tubérculo en el mercado al contado clavado exactamente en los cero euros por tonelada métrica, una realidad impensable frente a los 600 euros que cotizaba hace apenas tres años. El fenómeno es el resultado de una tormenta perfecta: las excelentes condiciones climáticas generaron la mayor producción agrícola europea en ocho años, coincidiendo con un drástico freno en la demanda internacional y un aumento desmedido en los costos de producción.
Los productores locales asumen pérdidas millonarias ante la imposibilidad de colocar su mercadería. Kris D’haeyere, un agricultor de la localidad de Hermalle-sous-Huy, graficó el drama al confesar que debió devolver a la tierra mil toneladas de papas —equivalentes a 200 millones de porciones de papas fritas— para que sirvieran como abono tras comenzar a brotar en sus galpones. El descarte le significó una pérdida directa de 160.000 euros en semillas, fertilizantes y mano de obra, obligándolo a reducir drásticamente su superficie de siembra para la próxima temporada.
La geopolítica juega un papel determinante en el hundimiento del sector. Las exportaciones hacia Estados Unidos, su segundo mercado global, sufrieron una caída del 8% interanual tras la implementación de aranceles por parte de la administración de Donald Trump. A esto se le suma el estallido de la guerra en Irán y el consecuente bloqueo del estrecho de Ormuz, que paralizó los envíos hacia los países del Golfo Pérsico y disparó los costos de la energía y los fertilizantes. En paralelo, el sector acusa una desventaja comercial frente a la creciente competencia de China, India y Egipto, naciones que duplicaron sus exportaciones con precios más bajos gracias a regulaciones ambientales y sanitarias mucho más laxas que las europeas.
A los factores económicos y logísticos se les suma una tendencia cultural que amenaza el negocio a largo plazo: el cambio global hacia hábitos alimenticios más saludables. El auge en el consumo de medicamentos para la pérdida de peso como Ozempic y Wegovy redujo el deseo por los alimentos fritos y procesados en mercados clave como el norteamericano, desacelerando el crecimiento de la demanda mundial de papas congeladas a la mitad de lo registrado hace un lustro. El desánimo se propaga entre los productores belgas, quienes advierten con preocupación que la época dorada de las icónicas frites podría haber llegado a su fin.
